Cuando se habla de marca personal, muchos profesionales piensan automáticamente en redes sociales, en publicar contenido con frecuencia o en salir en los medios de comunicación de tu zona o ser famosillo en algún área social. Todo eso es verdad, pero no solo tiene por qué ser eso.
La marca personal no empieza cuando alguien abre una cuenta en LinkedIn o graba un vídeo para Instagram. Empieza mucho antes. Se construye con la forma de trabajar, con las relaciones que se establecen con los clientes, con la reputación que se genera entre otros profesionales y, sobre todo, con el valor que uno aporta a quienes le rodean.
Por eso resulta curioso que algunos de los profesionales con mejor marca personal del sector nunca se hayan planteado construirla de forma consciente. “Simplemente” han hecho bien su trabajo durante muchos años. Han ayudado a otros, han compartido experiencias cuando se les ha pedido y han terminado convirtiéndose en una referencia para quienes los conocen.
Ese reconocimiento tiene mucho más recorrido que la simple visibilidad.
En un momento en el que es relativamente fácil conseguir atención durante unos días y cierta visibilidad, lo verdaderamente difícil es generar credibilidad. La atención puede comprarse con una buena campaña de publicidad o conseguirse con un contenido que se haga viral. La credibilidad, en cambio, solo aparece cuando otras personas asocian tu nombre a conocimiento, experiencia y confianza. Y hay pocas formas más sólidas de construir esa percepción que compartir aquello que has aprendido durante tu trayectoria profesional.
No porque enseñar convierta automáticamente a alguien en un referente, sino porque obliga a demostrar algo que hoy tiene un enorme valor: criterio.
En las agencias inmobiliarias todos acumulamos experiencias. Cerramos operaciones, resolvemos conflictos, negociamos con clientes difíciles y encontramos soluciones a problemas que, en muchos casos, no aparecen en ningún manual. Sin embargo, transformar esa experiencia en aprendizaje útil para otros exige un ejercicio diferente. Obliga a ordenar las ideas, a identificar qué funciona realmente y a explicar por qué se toman determinadas decisiones.
Ese proceso tiene un efecto muy interesante. Mientras el profesional ayuda a otros a crecer, también refuerza su propia forma de entender el negocio.
Quienes han impartido alguna formación suelen coincidir en una sensación parecida: Preparar un curso les obligó a revisar procedimientos que llevaban años haciendo casi de forma automática. Descubrieron matices que nunca habían verbalizado y encontraron argumentos para explicar decisiones que antes simplemente intuían.
En otras palabras, enseñar también les ayudó a convertirse en mejores profesionales.
Y eso también se proyecta hacia fuera, no porque el objetivo sea ganar notoriedad, sino porque las personas empiezan a identificar a ese profesional con un conocimiento concreto. Cuando alguien necesita una opinión sobre captación, negociación, procesos, marketing o financiación, su nombre aparece de forma natural en la conversación.
Probablemente esa sea la diferencia entre la popularidad y el prestigio. La popularidad depende de que la gente te vea. El prestigio depende de que la gente confíe en ti.
Por eso, quienes comparten conocimiento desde la experiencia suelen construir una marca personal mucho más sólida que quienes únicamente buscan aumentar su visibilidad. No necesitan presentarse como expertos. Son los demás quienes empiezan a reconocerlos como tal. Además, en un sector como el inmobiliario, donde las relaciones personales siguen siendo decisivas, esa reputación tiene un valor que va mucho más allá de la propia formación. Facilita nuevas colaboraciones, fortalece la confianza entre compañeros de profesión y proyecta una imagen de profesionalidad que termina beneficiando también a la agencia a la que pertenece el ponente.
Sin embargo, conviene hacer una precisión importante. Nadie debería decidir enseñar únicamente para mejorar su marca personal. Sería un planteamiento equivocado y, probablemente, poco sostenible. La motivación principal siempre debe ser aportar valor. Compartir aquello que ha funcionado, ayudar a otros profesionales a evitar errores y contribuir a que el nivel del sector siga creciendo. Lo interesante es que, cuando esa es la intención, la marca personal llega como una consecuencia natural.
Quizá por eso muchos de los profesionales más respetados del mundo inmobiliario nunca se propusieron convertirse en referentes. Simplemente decidieron que había llegado el momento de devolver al sector una parte de todo lo que habían aprendido durante su trayectoria.
Y pocas formas hay más valiosas de hacerlo que compartiendo ese conocimiento con quienes recorrerán el mismo camino después. Si crees que es tu momento, desde FAI hemos creado la Escuela FaiConecta, un proyecto de formación colaborativa, donde otros profesionales son los que guían y construyen el conocimiento y la profesionalización del sector. Escríbenos y vemos juntos en qué áreas es dónde te apetece y más puedes aportar.
EL CONOCIMIENTO CRECE CUANDO SE COMPARTE